María, la primera obra universal de la literatura colombiana

Celebrada por escritores de registros tan dispares como Rubén Darío, Unamuno y Borges, la casi unánime consideración que la crítica ha tenido con María es tan desconcertante como la paulatina acogida del público. Ciertamente, la novela de Jorge Isaacs fue bien recibida a la hora de su publicación —1867—, aunque tuvieron que transcurrir varios años antes de que se realizaran nuevas ediciones.

Sin embargo, en el interin la novela se había publicado por entregas en Buenos Aires, México y Chile y pronto cundió el entusiasmo al punto de que al finalizar el siglo superaba las cincuenta ediciones.

En 1967 —año del centenario de su publicación— María contaba con ciento cincuenta ediciones, traducciones a múltiples lenguas, adaptaciones cinematográficas diversas y era ya, sin duda alguna, la novela más leída de Latinoamérica. Y, curiosamente, ese mismo año se publicaba otra novela colombiana que tomaba el relevo en la nada frecuente alianza de crítica y público: Cien Años de Soledad. Cien años de Isaacs a García Márquez, cifra exacta con la que se constata un precedente singular: el del lector que súbitamente se multiplica al extremo de que, salvo el Quijote, ninguna otra experiencia narrativa de nuestra lengua ha contado con tan fervorosa recepción popular.

El caballero de las lágrimas

Jorge Isaacs nació el 1o de abril de 1837 en Cali, Colombia. Su padre, George Henry Isaacs, comerciante de Jamaica, de origen judío, repudió su fe y se convirtió al cristianismo para casarse con la colombiana Manuela Ferrer Scarpetta, de ascendencia catalana. Tras cursar sus estudios primarios en Cali y Popayán, Isaacs viaja a Bogotá, donde ingresa en el Colegio del Espíritu Santo. Posteriormente estudia también en los claustros de San Buenaventura y San Bartolomé, sin llegar a graduarse. Después de cinco años de permanencia en la capital regresa al Valle del Cauca y se instala en El Paraíso, finca que tendrá una honda repercusión en el clima de su novela. A la edad de 16 años se ve obligado a tomar las armas y participa en la primera de sus guerras civiles. De esta forma, la figura del poeta guerrero, tan cara al romanticismo, se ve en él precozmente ilustrada; dos años más tarde se casa con Felisa González Umaña, quien sólo cuenta con catorce años de edad.

Entre 1860 y 1861 Isaacs vuelve a empuñar las armas al lado del gobierno contra las fuerzas revolucionarias del general Tomás Cipriano de Mosquera, actitud que contrasta con la que años después adoptara al encarnar él mismo los principios revolucionarios del liberalismo y combatir a sus antiguos copartidarios. Tras la muerte de su padre —uno de los fundadores de la industria azucarera en Colombia— Isaacs se enfrenta a la administración de unos bienes más bien precarios, gestión ante la que se muestra tan inexperto que pronto precipita el desastre.

Isaacs viaja de nuevo a Bogotá, llevado por litigios e instancias judiciales pero también acuciado por el síndrome literario. Es bien recibido por los miembros de «El Mosaico» y en especial por su mentor, el escritor y crítico José María Vergara y Vergara, que auspicia y publica en 1864 el primer libro de Isaacs, el volumen Poesías, que tiene un inmediato reconocimiento.

Desde muy joven Isaacs se había dedicado a componer poemas de variada índole, con metro y temas diversos, como es el caso de Mayo, El Gorrión y La Virginia del Páez. Algunos de estos poemas constituyen cantos a la paz y bonanza del hogar y otros no son más que cuadros costumbristas puestos en verso —no en vano «El Mosaico» era un grupo literario formado en torno a la preocupación costumbrista, y de ello da prueba Vergara y Vergara con su texto Las Tres Tazas—, aunque la mayor parte del volumen está compuesto por verdaderos himnos a la naturaleza idílica del Valle del Cauca cuya atmósfera se traslada posteriormente a largas secuencias de la prosa poética de la novela. Por esta época la influencia que priva en sus gustos es la de Chateaubriand y Lamartine, principalmente, aunque también se advierten ecos de otros románticos franceses e ingleses, a quienes leía con devoción. Isaacs regresa al Valle del Cauca y trabaja como inspector de obras en la construcción del camino que conduce de Cali a la Costa del Pacífico.

El proyecto de lo que luego será su novela María adquiere consistencia y madurez y finalmente forma. Su publicación le merece una excelente acogida crítica y más lentamente, la atención del público, hasta convertirse al finalizar el siglo en uno de los libros capitales del continente y de España. No hay que ignorar aquí que María es la única novela del romanticismo en castellano que cifra toda su importancia en la recreación del pathos sentimental, a diferencia del romanticismo americano, atrapado por la preocupación social —el nativismo, el abolicionismo, el reclamo político—, tal como se advierte en obras que van desde Amalia y Cumandá hasta Cecilia Valdés, y donde el nombre femenino de los títulos no es mera casualidad, en lo que respecta a la novela romántica escrita en España no hay que ignorar el fuerte influjo de Walter Scott y su peculiar aporte «histórico» lo que generó, a falta de una verdadera tradición, un cúmulo de productos miméticos, con mayor fortuna unos que otros. Cabe destacar, dentro de lo recuperable, El Doncel de don Enrique el Doliente de Larra; Sancho Saldaña, de Espronceda; y El Señor de Rembibre, de Gil y Carrasco: en todas estas novelas el esquema anecdótico es scottianamente similar: una relación afectiva (por lo general un triángulo) sobre un fondo histórico preciso. Tampoco hay que ignorar aquí esa noción más bien espuria del comercio afectivo que puso de moda el Feuilleton-roman y cuyo clima, por poner un ejemplo se advierte en El Final de Norma, del español Pedro Antonio de Alarcón, novela pretendidamente «romántica» aunque repudiada por su propio autor.

Políticamente uno de los polos de atracción de Isaacs fue Julio Arboleda, poeta e insurgente, una de las figuras más destacadas del conservatismo en el que Isaacs militó en su primera época. Fiel a sus convicciones, el escritor colabora en publicaciones ideológicamente afines y es miembro de la legislatura parlamentaria en el período coetáneo al de su éxito literario. Entre 1871 y 1873 Isaacs es nombrado Cónsul de Colombia en Santiago de Chile y su inesperado cambio político se hace manifiesto: el ideario liberal desplaza en sus opciones al conservador lo cual equivale, en su época, a defender sus posturas con las armas. Y si antes combatió con los conservadores, en 1876 lucha al lado de los liberales con tal denuedo que se destaca como capitán en la cruenta Batalla de los Chancos. Luego, tras ser nombrado Gobernador del Cauca, al mando de fuerzas revolucionarias liberales invadió el Estado de Antioquia, depuso al gobernador y ejerció el gobierno en la región. Poco después, sitiado por el ejército nacional, se vio obligado a capitular.

Sin embargo, a estas alturas ya es consciente de que sus aventuras ideológicas, militares y parlamentarias no son más que variantes de una misma frustración. En 1880 publica La Revolución Radical en Antioquia, texto en el que explica, no sin cierto afán exculpatorio, su participación en la invasión de aquel Estado, aunque ello no obstó para que Antioquia vetara su nombre como representante electo por su circunscripción.

Desilusionado de la política, que no comprendía y para cuyas lides evidentemente no estaba dotado, formó parte de la comisión oficial que recorrió la península de la Guajira. En estas experiencias se apoyó para escribir un «Estudio sobre las tribus indígenas del departamento del Magdalena», publicado más tarde en los Anales de instrucción pública. Antaño había descubierto ricos yacimientos de hulla pero dificultades económicas le impidieron poner en marcha su explotación y sólo el año anterior al de su muerte una empresa norteamericana decidió financiar la empresa.

Decepcionado por completo, pensó en emigrar a Argentina pero la revolución de 1885 se lo impidió. La literatura, sin embargo, fue su último refugio, aunque en realidad nunca dejó de escribir o de concebir planes literarios, tal como lo demuestran, entre muchos ejemplos, la publicación del primer Canto del poema Saulo, La Tierra de Córdoba o la redacción de una célebre y sentida elegía con motivo de la muerte de Elvira, la hermosa hermana de su amigo el poeta José Asunción Silva, a quien, entre otras cosas, lo unen el inicial ideario conservador, la escasa pericia para sanear el patrimonio familiar tras la muerte del padre, la tentación del suicidio, el acometimiento de empresas económicas algo disparatadas y la gestación de obras paradigmáticas en el más bien precario panorama literario de la época.

Dentro de los proyectos literarios de Isaacs destaca la elaboración de las novelas Alma Negra, Tania y Soledad, de las que da noticias en cartas de 1893. La intención lacrimógena sigue vigente y el autor —a quien uno de sus críticos llamó «El caballero de las lágrimas»— no puede prescindir de la influencia de María: «Tania hará llorar menos tal vez, pero estremecerá y engrandecerá muchas almas…» . Isaacs muere pobre y desilusionado en Ibagué, capital del Tolima, en abril de 1895. Sus Poesías completas aparecen con su estudio preliminar de Baldomero Sanín Cano en Barcelona, en 1920, y su Correspondencia inédita es editada por Cornelio Hispano en Bogotá, en 1929. Prácticamente toda su experiencia teatral permanece relegada al campo de las curiosidades. Títulos suyos, en este género, son Paulina Lamberti, María Adrián o los Montañeses de Lyon, La última noche de Capua y Amy Robsart, imitación del título homónimo de Víctor Hugo.

La voluntad larmoyante

Al promediar el siglo XIX muy pocos escritores podían permitirse la libertad de anunciar desde la primera página de un libro que la garantía cualitativa del mismo estaba en proporción directa con la cantidad de lágrimas derramadas por el lector. Cierto es que en 1788 Bernardín de Saint-Pierre había expresado la misma esperanza en el proemio de Paul et Virginie —esa «tramoya bucólica», como la llamara Willi Hardt—, aunque también lo es que la reacción larmoyante era mucho más comprensible en la época del escritor francés que ochenta años después, en un valle idílico de la América meridional. La cuestión radica en que, por encima de los tópicos y las costumbres, más allá de las escuelas literarias y los cambios históricos, los lectores de María lograron satisfacer con creces los deseos del anónimo albacea literario de Isaacs. Porque la anécdota del libro, pese a estar narrada en primera persona por Efraín, le llega al lector a través de un no identificado intermediario que no sólo edita el manuscrito, sino que también escribe unas breves líneas introductorias en cuyo apartado final hace suyos los deseos del propio autor. No debe sorprender el uso de este recurso, también utilizado por Saint-Pierre y, antes que éste, por Goethe en su Werther, libro a cuya atmósfera sentimental no permaneció indiferente ningún escritor de las diversas promociones románticas. ¿Qué es en realidad María? La crónica de una muerte anunciada, apoyada en una feliz confluencia de préstamos autobiográficos y sublimaciones culturales.

Por el lado autobiográfico, Isaacs se limita a hurtar lo más significativo de su experiencia personal transfiriéndoselo a su personaje masculino, con la única y sorprendente excepción de su agitada trayectoria política —sorprendente si se considera la tentación del epos romántico, ínsita en la experiencia de Isaacs como en la de sus ídolos Byron y Víctor Hugo—, la alteración de algunos datos cronológicos y el excesivo encomio de la estirpe paterna. Por el lado de la cultura, Isaacs otorga a su personaje femenino todo lo que encuentra sugestivo en una literatura ya clásica como son las piezas mayores del romanticismo, a lo que hay que agregar una amplia iconografía con la que el autor conforma físicamente a su heroína: su semblante es el de la Virgen de la Silla, de Rafael, mientras que sus manos son tan bellas que están «hechas para oprimir frentes como la de Byron». Es preciso constatar aquí un hecho curioso: José Mármol, en su novela Amalia, traza el retrato de la protagonista otorgándole los tributos de las más bellas mujeres judías: el perfil de María («la hermana de Moíses»), la mirada de Rut, el talle de Rahab, el cuello de Abigail y los cabellos de Betsabé.

Al puzzle fisonómico del argentino, Isaacs responde con la configuración renacentista de una hermosa muchacha judía convertida al cristianismo, aunque también ella es una perfecta articulación de referentes estéticos en los que no falta el indispensable toque de sencibilidad y calor que le dan vida: su voz, sus gestos, su mirada, todo en ella tiene reminicencias culturales. Efraín, en cambio, es modestamente terreno y a él le corresponde el papel de evocar por escrito a la amada difunta: algo tan antiguo como el oficio del poeta, algo tan patético como el romanticismo, algo tan propio de «El caballero de las lágrimas».

El ritmo autobiográfico, alterado o no, es uniforme y permite seguir la trayectoria de Efraín desde su niñez y sus estudios en la capital hasta su regreso a la casa paterna, donde se enamora de María. El paulatino empeoramiento de la salud de ésta y la evocación de la enfermedad de su madre no le dejan duda al lector sobre el destino de la heroína, sobre todo si se tiene en cuenta que tal situación aparece subrayada por la irrupción de una ave negra, cuyo súbito vuelo en la plenitud de la noche roza la frente de Efraín (C. XV). Muchos episodios se suceden a partir de este primer llamado de alerta: los preparativos del viaje de Efraín a Europa y la repercusión que los mismos tienen en el ánimo de María se ven compensados en un hábil juego de alternancias con la evocación del frívolo pasado del trío compuesto por Carlos, Emigdio y Efraín. Sus aventuras y una cierta picaresca rompen eficazmente el crescendo dramático de la situación principal, a lo que se suma la anécdota de la doble sesión cinegética: la cacería del tigre y la del venado, excelentes pretextos para insertar algunos cuadros realistas. La segunda irrupción del ave negra (C. XXXIV) confirma en la simultaneidad del registro la creciente desgracia: es ahora María quien ve el ave, aunque en el mismo instante Efraín contempla los estragos que una carta produce en el ánimo de su padre: la amenaza de la ruina total.

Episodio aparte merecen Nay y Sinar y su romántica historia, en la que aparte un exotismo fiel a la línea de Chateaubriand, vuelve a operar la simetría: el final de la historia de Nay, coronado por el alumbramiento de su hijo, fruto de su amor con Sinar, coincide con la llegada de la huérfana Ester: la esclava Nay, convertida en Feliciana, es el aya de Ester, a su vez convertida en María. Dos apariciones más del ave de mal agüero —los dos enamorados advierten unidos su presencia (C. XLVII) y finalmente, sólo el superviviente (C. LXV)— ratifican la voluntad simétrica del autor, evidente en juegos simultáneos y en la consagración de la duplicidad a lo largo del libro. Por fin, tras el viaje de Efraín a Inglaterra y su precipitado regreso, superada la odisea fluvial por el Dagua sobreviene el desenlace: «Algo como la hoja fría de un puñal penetró en mi cerebro: faltó a mis ojos luz y a mi pecho aire. Era la muerte que me hería… Ella, tan cruel e implacable, ¿por qué no supo herir?». Y aquí el pasado se torna, una vez más extremadamente dúctil: Emma recompone para su hermano Efraín los postreros días de María: es el pasado que se sumerge dentro del pasado en pos de un orden.

En un último recorrido por la casa se duerme y sueña que María es su esposa y luego, al visitar el cementerio, el ave negra vuela sobre él por vez postrera y se posa sobre la cruz de hierro del sepulcro: todo está consumado y el símbolo se funde con la realidad, el vaticinio se cumple y el dolor reina en El Paraíso.

La ambivalencia sentimental

La aproximación afectiva de Efraín y María no está desprovista de una impaciente sensualidad, bien sea en las formas del galanteo, bien en la morosidad contemplativa —el fetichismo de la voz y del pie, así como la delectación con las prendas de la difunta— o bien merced a recursos más sutiles, como cuando la boca de un niño es el lugar de encuentro de los labios de los enamorados. También en Werther un beso del amante es transmitido por los labios de un niño a Carlota, una mujer que, como María aparece casi siempre rodeada de una cohorte infantil.

Por otra parte, el aparente recato de María ante los asedios de Efraín esconde una no disimulada satisfacción al tiempo que promueve con su actitud nuevos avances; hay cierta coquetería en su comportamiento, aunque no quiere decir que con ello asuma actitudes proclives a la frivolidad o a un abierto devaneo. A todo este perturbador clima que pone en entredicho una castidad que algunos se apresuran a inscribir en la tradición del amor courtois y que otros, más imaginativos, remiten a la mariología, es preciso agregar una amplia sucesión de incidencias que, en el contexto de las relaciones de los personajes principales, las ilustran e incluso determinan.

La carnalidad como creciente preocupación se abre paso con las sensaciones vividas en la boda de Bruno y Remigia y la fiesta que la celebra: esa es la ocasión que aprovecha el padre de Efraín para anunciarle su decisión de enviarlo a Europa a estudiar medicina. ¿Cómo puede sentirse el joven cuando en pleno calor de un ágape nupcial se le notifica la inminente separación de su amada? En el pasado de Efraín hay razones que invitan a dudar de una bien guardada virtud, sobre todo si se considera su relación con Carlos, su amante Micaelina y Emigdio víctima éste de las nada ingenuas bromas de la mujer, que se presta incluso a la burla de sus sentimientos. En este sentido es preciso destacar las pretensiones que el propio Carlos alimenta por María, la novia de su amigo. Otra boda, en la que los padrinos son Efraín y María —más guiños nupciales— es la de Braulio y Tránsito cuyo hijo suscribe con su edad el lapso de la separación de los enamorados.

También el amor forma parte esencial en la historia de Nay y Sinar, que tiene como marco étnico los ashantis, en el Africa Occidental. La boda de Nay y Sinar es ratificada por vínculos más fuertes: la esclavitud que los separa definitivamente. Ella, empero, da a luz un hijo de Sinar: la homologación de los hechos resalta un dato: ante la inminente separación de Efraín y María —el viaje de él, la enfermedad de ella— los amantes no tienen la recompensa que sí tuvieron Tránsito y Braulio y Nay y Sinar.

La mayor parte de las parejas y bodas del libro parecen empeñadas en llamar la atención sobre la esterilidad más que sobre la castidad a que está condenada la pareja principal: no hay hijos en El Paraíso. Sin embargo, un personaje destaca por su ostensible sensualidad y su capacidad vital: Salomé. ¿Es casual este nombre en la onomástica judía de Isaacs? El apetito de la hija de Herodías nada tiene que ver con el de la hija de Custodio, aunque sí es inquietante. Salomé no sólo es muy hermosa sino también consciente del fuerte deseo que despierta su cuerpo, tanto que su padre teme sea seducida, por lo que encarga su protección a Efraín. La castidad de éste es puesta a prueba por la muchacha, cuyos atributos eróticos no le son indiferentes al punto de hacerlo vacilar al liberarse ella de su hermano pequeño cuando deciden bañarse a solas.

Otro personaje notable por su falta de escrúpulos en relación con el sexo es la vieja Dominga, celestina y en buena parte hechicera —su filiación con la negra Juana García, en El Carnero, de Juan Rodríguez Freyle, es evidente— e imagen en todo refractaria a la inocencia de María. Algo similar a lo que ocurre con Custodio y su hija Salomé se repite durante el frenético viaje de regreso entre el ex boga Bibiano y su sugestiva hija núbil Rufina, quien «por lo movible de su talle y sus sonrisas esquivas me recordaba a Remigia en la noche de sus bodas».

No deja de ser significativo que un hombre obsedido por el dolor y la preocupación de no alcanzar a ver con vida a su amada se detenga a recrear con deleite y no escondida pasión las formas físicas de una muchacha que lo remite a otra, precisamente durante su noche de bodas. ¿Cabe olvidar a este respecto que Isaacs mismo se casó con una nínfula de apenas catorce años de edad? Pero lo erótico no se agota sólo en lo relativo a las personas: la sensualidad se traslada, en un sugerente e inesperado gesto vitalizador, a la naturaleza. «La niña está celosa», dice uno de los bogas, y ante las sospechas del lector, que piensa en Rufina, la respuesta es sorprendente y poética: se trata del río Pepita, que el boga llama «niña» y que está «celosa» del río Dagua por el que navegan y del cual es afluente. A esta comunidad hidrográfica se aplica el mismo criterio pasional que a la comunidad humana, con sus debilidades y osadías, lo que traza un puente con el tratamiento vitalizador que José Eustasio Rivera inmortalizara en La Vorágine, novela en la que los capítulos fluviales de María fijan un sugestivo precedente.

Un último dato que pone en duda la inocencia a ultranza es la ofrenda de las trenzas que encarga la difunta y el legado de sus vestidos y prendas que Efraín recoge y venera con un gesto no ajeno al fetichismo: «Abrí el armario: todos los aromas de los días de nuestro amor se exhalaron combinados de él. Mis manos y mis labios palparon aquellos vestidos tan conocidos para mí…». Ante lo visto, ¿en qué radica el romanticismo preten-didamente casto y puro de María?

Es evidente que en la novela de Isaacs no todo es orgía lacrimógena y que también hay espacio para el tono sutil del sentimiento equívoco: celestinaje, fetichismo, delectatio morosa, la rotundidad erótica de Salomé y la ambigüedad de algunos otros, como la precoz exuberancia de Rufina y el toque homosexual del administrador de aduanas, personaje que desata una serie de compulsiones en Efraín y, por contagio, en el lector. Por otra parte, a pesar del deliberado timbre sentimental de la novela —el lado cursi y sensiblero que el vulgo confunde con la única acepción de lo romántico—, hay también una serie de elementos que ponen de presente el hondo sentido de la realidad y el pragmatismo de Efraín: la actitud ante los descalabros financieros de su padre, el viaje de retorno por el río Dagua, sus ideas sobre la esclavitud, algunos títulos de su propia biblioteca.

 

Jorge Ricardo Isaacs Ferrer

(Cali, 1837 – Ibagué, 1895) Poeta y novelista colombiano del género romántico. La obra literaria comprende un libro de poemas que publicó en 1864 y a su única novela, María, considerada una de las obras más destacadas de la literatura hispanoamericana del siglo XIX. María se publicó en 1867 y tuvo un éxito inmediato. Fue traducida a 31 idiomas. Tanto en Colombia como en otros países latinoamericanos Isaacs se convirtió en una figura muy conocida, lo que dio inicio a una dilatada carrera periodística y política. Como periodista, Isaacs dirigió en 1867 el diario La República, de orientación conservadora moderada, donde publicaba artículos de índole político

 

Ver artículos web sobre la novela María ;

En torno a «María» de Jorge Isaacs1

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La húmeda identidad: «María» de Jorge Isaacs

Los juegos de la ambigüedad en «María» de Jorge Isaacs

«María» de Jorge Isaacs (1883)